sábado, 9 de agosto de 2014

Crónicas de la Pachamama por J.A. Rodríguez Estévez Cinco minutos nos separan de la medianoche (Opinión)

“Un relámpago. Una luz deslumbradora, penetrante, que llena todo el cielo, quemando los ojos. El sol no es más que un opaco disco de cartón gris. El infierno abre sus fauces… y traga toda una Era que va desde Sócrates a Gandhi, en la diezmillonésima parte de un segundo”.
Así describió Karl Aloys Schenzinger la explosión de la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Esas fueron las palabras con las que el escritor alemán logró narrar lo inenarrable. Cierto que también puso su talento al servicio de la propaganda nazi, pero ya la Historia lo juzgó por eso.
Se cumple otro aniversario de aquellos días de agosto de 1945 que estremecieron al mundo con la forma más horrenda de exterminio.
Desde que el hongo atómico se elevó por primera vez sobre el desierto de Alamogordo, en Nuevo México, la humanidad se ha visto forzada a convivir con la amenaza latente de un holocausto nuclear; siempre a unos minutos de la medianoche.
En todos estos años, los ingenios para acabar con la vida del planeta se han multiplicado en número y potencia destructora. El Niñito y el Hombre Gordo que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, parecen hoy grotescos juguetes al lado de los estilizados misiles de crucero autopropulsados de múltiples cabezas nucleares. La bomba de hidrógeno multiplica por cien la intensidad devastadora de la bomba atómica, y la bomba de neutrones pone fin a la vida pero deja los edificios en pie.
Cuando en 1953 las dos grandes potencias que polarizaban el mundo probaron por primera vez sus bombas de hidrógeno, el Reloj del Apocalipsis, el reloj del Bulletin of the Atomic Scientists de la Universidad de Chicago cuyas manecillas se acercan o alejan simbólicamente de la medianoche nuclear, se detuvo a las 23:58.
Hace poco más de 30 años, el activista estadounidense Norman Mayer fue abatido a tiros por la policía frente al monumental obelisco de Washington D. C. Mayer pagó con su vida el ingenuo propósito de forzar la destrucción de todas las armas nucleares del planeta. El rockero español Miguel Ríos le dedicó una emotiva composición antibelicista: “Una madrugada nuclear / Un cielo de color marrón / La radiación que te mata / El aire que espanta / Un voluntario que nos quiso avisar…”.
En 1991 el desarme que sobrevino al fin de la Guerra Fría atrasó el Reloj del Apocalipsis hasta las 23:43. Hoy tan solo cinco minutos nos separan de la medianoche.
joan.rodes@gmail.com

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