jueves, 15 de mayo de 2014

El gran legado del socialismo del siglo XX


El
 9 de mayo de 1945 cayó Berlín en poder del Ejército Rojo. Con esa victoria militar, la más grande de la historia, la Unión Soviética pasó a convertirse en una potencia, en una gran potencia, en la segunda gran potencia del orbe. Y sólo cuatro años más tarde, en agosto de 1949, con la fabricación de su primera bomba atómica, la URSS, la primera nación socialista, se constituyó en una potencia nuclear. Ambas hazañas, conviene recordarlo, bajo la dirección del camarada José Stalin.Por: Miguel Ángel Ferrer / México
 
Con ese carácter de potencia atómica, la Unión Soviética resultó invulnerable   a nuevos intentos de sojuzgamiento, conquista militar y dominio por cuenta del imperialismo. Pero no sólo eso. La URSS también se convirtió en la cabeza, en el líder de un poderoso frente antiimperialista. Poderoso frente antiimperialista que posibilitó la ampliación del número de naciones socialistas, y la consecuente creación de lo que durante varias décadas fue conocido con el nombre de campo socialista. 
 
Sin la existencia de la Unión Soviética como una gran potencia acaso no habría sido posible la instauración del socialismo en China. Y quizá tampoco el formidable proceso de descolonización que conoció el planeta en los decenios siguientes y que, con las salvedades de Panamá, Irak, Afganistán y, muy recientemente Libia, perdura hasta hoy.
 
Muy probablemente tampoco habría sido posible la formidable derrota del imperialismo en Indochina. Y es difícil imaginar la existencia soberana y orgullosa de Cuba socialista sin el apoyo cuantioso y generoso de la URSS a la pequeña isla heroica.
 
Curiosamente, la neoconquista de Panamá, Irak, Afganistán y Libia se dio en momentos históricos en los cuales había dejado de existir la poderosa Unión Soviética. Fueron los años negros, sombríos, angustiosos de la unipolaridad y del crecimiento de los afanes guerreristas de un imperialismo ebrio de soberbia y sin enemigo al frente.
 
Pero, como decía el camarada Nicolás Lenin, la historia da sorpresas. Y la sorpresa fue que, desmembrada, salvajemente reconvertida al capitalismo y finalmente extinta, la desaparición de la Unión Soviética no significó la extinción de las bases económicas, políticas, culturales y militares de aquel poderoso frente antiimperialista nacido con la derrota del nazismo el 9 de mayo de 1945.
 
Esas bases permanecieron en Rusia y en algunos otros países que fueron parte de la URSS. Y tampoco desaparecieron en China, en Vietnam, en la Corea socialista y en Cuba. E igualmente permanecieron, sobre todo en los ámbitos ideológico, cultural y económico, en muchas naciones que, con esas bases, pudieron resistir los afanes y las acciones de dominio del imperialismo estadounidense. China, Cuba, Vietnam, la República Popular de Corea, Laos, Camboya, Irán, Venezuela y Siria son quizá los mejores ejemplos de esa nueva hazaña histórica.
 
La erección un tanto tardía pero finalmente concretada de Rusia como cabeza del gran frente antiimperialista actual ha puesto fin a la negra era de la unipolaridad para dar paso, de nuevo, a un mundo multipolar, a un planeta a salvo, al menos relativamente, de las habituales arbitrariedades, salvajadas y monstruosos crímenes de la Casa Blanca y del Pentágono.
 
Inesperadamente este es el gran legado del socialismo del siglo XX. Un legado nada despreciable. Un formidable freno a los designios expansionistas e intervencionistas de Estados Unidos. Un paso firme en favor de la paz mundial. Un sólido dique contra las nuevas guerras de conquista del imperialismo. 
 
Siria pudo salvarse de ser recolonizada gracias a la decidida intervención de la cabeza del gran frente antiimperialista nacido el 9 de mayo de 1945, ahora hace exactamente 69 años.

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